Legado Pedro Joaquín Chamorro

Cronología Básica

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Mientras haya una máquina de escribir, un papel, un micrófono, una plaza pública, un balcón o espacio para hablar aunque sea en la celda de una cárcel, seguiremos denunciando a los inmorales, especialmente cuando trafican con la necesidad social de los más pobres. Esa es la razón principal de nuestra existencia, como hombres, como periodistas y como ciudadanos.

Frente a un atraco que llaman Ley, La Prensa 28-09-73 -


1923-1930

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal


1921-1930

Nicaragua


1931-1940

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal


1931-1940

Nicaragua


1941-1950

Pedro Joaquín Chamorro


1941-1950

Nicaragua


1951-1960

Pedro Joaquín Chamorro


1951-1960

Nicaragua


1961-1970

Pedro Joaquín Chamorro


1961-1970

Nicaragua


1971-1978

Pedro Joaquín Chamorro


1971-1978

Nicaragua


Editoriales

1946-1978





Ayer y Hoy

Pedro Joaquín Chamorro





Semblanza de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal

(1924-1978)


Pedro Joaquín Chamorro Cardenal nació el 23 de septiembre de 1924 en la ciudad de Granada, Nicaragua. Fue el primer hijo varón del Doctor Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y de doña Margarita Cardenal de Chamorro. Al año siguiente, la familia Chamorro-Cardenal se trasladó a Managua, la capital.

Inició sus estudios en el Colegio María Auxiliadora y, prosiguió, desde el segundo grado, en el Colegio de los Hermanos Cristianos de La Salle, donde acabó su primaria. La secundaria la estudió en Granada en el internado del Colegio Centroamérica de los padres de la Compañía de Jesús, bachillerándose en 1943.

Tenía afición por el fútbol y por las excursiones de boys scout; se distinguió, además, por su compañerismo y por el interés de participar en todas las actividades de los condiscípulos; con esta actitud, en las aulas del colegio, organizó el círculo de estudios pro Unión Centroamericana, donde ya planteaban primordialmente muchas de las directrices que luego convergerían en los tratados económicos de integración de Centroamérica.

Al egresar, militó con decisión y valentía en las filas de estudiantes universitarios que constituyeron la “Generación del 44”. Los estudiantes de León y, luego los de Managua, protestaron contra las aspiraciones de reelección presidencial del General Anastasio Somoza García. La “Generación del 44”, con una gran conciencia democrática, contagió a la oposición somocista y su presión contribuyó a que el dictador renunciase a sus propósitos.

Pedro Joaquín, como uno de los dirigentes más caracterizados de Managua, tremoló la bandera reivindicativa del General Augusto C. Sandino. El nombre del Guerrillero de las Segovias, mandado asesinar por Somoza en 1934, resonó ante la ciudadanía con acentos nuevos y distintos del perfil que le otorgaban los partidos políticos tradicionales.

Este despertar y la intensidad de las protestas populares impulsaron a Somoza García al cierre del diario LA PRENSA, propiedad del doctor Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, quien emigró con su familia a Nueva York, dejando a su hijo Pedro Joaquín en la ciudad de México, para que prosiguiera la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de México (UNAM). Allí se graduó de Licenciado en Derecho, con la tesis titulada “El Derecho del Trabajo en Nicaragua”, obteniendo después el Doctorado. A su regreso a Managua, el Ministerio de Educación Pública y la Corte Suprema de Justicia de Nicaragua convalidaron su título de “Doctor en Derecho y Abogado y Notario de la República de Nicaragua”.

En México, Pedro Joaquín llevó la vida normal de los estudiantes, fraternizando con la extensa colonia nicaragüense. Le gustaba la fiesta taurina, acudía a las corridas con frecuencia y se inició en las faenas del capeo, afición que continuó en Nicaragua. Durante su estadía en México, acostumbraba visitar la redacción de algunos periódicos, interesándose por las transformaciones del periodismo moderno y poniendo énfasis en el despliegue de titulares, la presentación de las noticias y los procesos más rápidos de impresión.

De nuevo en Managua, procuró adaptar paulatinamente esas experiencias al diario LA PRENSA (que años antes había vuelto a circular), renovando al mismo tiempo la vieja maquinaria. De inmediato, sus primeros artículos se hicieron sentir por el arrojo, la validez y la contundencia con que se enfrentaba a la dictadura de Somoza García y a cierta política colaboracionista y anti-unitaria de la oposición. Hizo llamados directos a la conciencia social, a la revolución cívica y a la base del pueblo, compactando esta doctrina en el movimiento de Unión Nacional de Acción Popular (U.N.A.P.), integrado por la mayoría de la “Generación del 44” y por algunos intelectuales independientes.

En 1948 asumió la co-dirección de LA PRENSA. En 1950 contrajo matrimonio con Violeta Barrios Torres, una hermosa joven de la ciudad de Rivas, con quien procreó cinco hijos: Pedro Joaquín, Claudia, Cristiana, Carlos Fernando y María Milagros, muerta al nacer. En 1952, al fallecer su padre, asumió la dirección general de LA PRENSA.

En 1954, después de la “Rebelión de Abril”, opuesta a la reelección de Somoza García, un Consejo de Guerra Extraordinario lo juzgó y condenó a dos años de cárcel. En septiembre de 1956, nuevamente fue arrestado, juzgado y acusado de tener relación con el atentado que Somoza García sufrió en León el día 21. Después de seis meses de cárcel, se le confinó al puerto de San Carlos en el Río San Juan, de donde se fugó en marzo de 1957, en compañía de su esposa, y llegó a los Chiles, en la vecina República de Costa Rica. Llevado a la capital, con salvoconducto de don Pepe Figueres, el gobierno le dio asilo político. El matrimonio se instaló en San José. En 1958, Pedro Joaquín trabajó en el diario “Prensa Libre”. Ese mismo año publicó en México su obra testimonial histórica, “Estirpe Sangrienta: Los Somoza”, libro que, al ser prohibido por el gobierno de Luis Somoza, circuló clandestinamente en Nicaragua.

Desde 1953 fue Directivo de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) a la que renunció en 1959, debido a su participación en los preparativos de una expedición revolucionaria democrática, que por vía aérea ingresaría al país en Olama y Mollejones, en los llanos chontaleños. Pedro Joaquín, comandante de la columna de Mollejones, aterrizó el 31 de mayo, efectuándose así el primer aerotransporte de América, con sesenta compañeros de armas. Se le capturó, junto con los últimos de su columna, el 13 de junio del mismo año. A todos ellos, más a los capturados del aterrizaje en Olama, se les sometió a otro Consejo de Guerra Extraordinario. Pedro Joaquín recibió la condena de nueve años de prisión. Un año después, debido a una amnistía general, fue liberado. En 1962 publicó su testimonio de la cárcel en “Diario de un Preso”, al que siguió, en 1963, la selección de editoriales en “5 PM.”.

Reanudó el quehacer periodístico y buscó la manera de unir a la oposición frente a la amenaza que representaba la candidatura del nuevo heredero presidencial, General Anastasio Somoza Debayle. Sus impactantes editoriales también se transmitían por radio, en su voz, a la hora que circulaba LA PRENSA. Esto contribuyó a que las fuerzas cívicas se aglutinaran y en 1966 la UNO, desarrolla una campaña más sistemática de oposición. Por este tiempo, Pedro Joaquín era el coordinador general y fundador de CIVES, una organización estudiantil que tenía por objetivo que las juventudes se involucraran en el cambio a través de la resistencia pacífica. A pesar de tanto trabajo, tuvo tiempo de publicar “Los pies descalzos de Nicaragua”, un relato periodístico sobre la frontera sur y el eje hidrográfico Gran Lago-Río San Juan.

Debido a los sucesos del 22 de enero de 1967, volvió a ser arrestado y acusado de “terrorista”. Permaneció 45 días en prisión y fue puesto en libertad después de las “elecciones”, que Anastasio Somoza Debayle “ganó” al candidato  del Partido Conservador, Fernando Agüero.

En estos años, viajaba con frecuencia para cumplir sus funciones de Vicepresidente del Comité de Libertad de Prensa para el área centroamericana de la SIP.

El terremoto de 1972 destruyó Managua y también el edificio de LA PRENSA. Cuando reapareció en marzo de 1973, Pedro Joaquín se lanzó hacia lo que sería su campaña cívica final. Las manipulaciones políticas de Anastasio Somoza Debayle, combinadas con el mal manejo de la ayuda económica enviada desde todo el mundo para los damnificados, así como la incapacidad del régimen de reconstruir la capital en el plazo y forma necesarios, provocaron la indignación y el repudio de toda Nicaragua.

Incansable en su afán de unidad y resuelto a luchar contra la dinastía, Pedro Joaquín formuló un Ideario Pluralista de participación nacional en todos los niveles, el que tomó cuerpo organizado en la Unión Democrática de Liberación (UDEL), nacida en 1974 y de la que fue elegido presidente. Desde ese momento se activó de inmediato la estructura del movimiento con sectores políticos y sindicales de toda índole: liberales, conservadores, socialcristianos, socialistas, intelectuales y las dos centrales obreras independientes del país. 

Al recaer la censura oficial sobre LA PRENSA, el director de UDEL siguió su lucha con mitines en los departamentos y con reuniones en Managua. Como, además de periodista, era un excelente narrador, también ocupó el tiempo en escribir novelas, y en 1975 publicó “Jesús Marchena”, relato novedoso sobre un personaje campesino rivense; en 1976, siguió “Richter 7”, basada en las consecuencias anímico-sociales de la catástrofe de Managua; y, en 1977, vio la luz “El Enigma de las Alemanas”, colección de cuentos premiados en Guatemala con el galardón del Día de la Hispanidad. En noviembre de 1977, la Facultad de Periodismo de la Universidad de Columbia le otorgó el prestigioso premio “María Moors Cabot” por su defensa de la libertad de expresión. Ese mismo año concluyó su fructífero período en la presidencia de UDEL y presidió la renovación de autoridades dando ejemplo de alternabilidad. Al efectuarse su relevo, proclamó, una vez más, su decidido empeño de militar en las filas de la liberación de Nicaragua hasta la victoria total del pueblo.

Pedro Joaquín era alto y robusto, de ademanes impulsivos, de voz enérgica y directa; desconoció el lujo y sólo aceptaba las comodidades necesarias. Republicano por tradición familiar y por carácter personal, encarnó ese republicanismo en sus convicciones, en sus costumbres y en su lucha política. Batallador vertical, rectilíneo e inclaudicable, predicó la unión del pueblo y de los dirigentes doctrinarios en una unidad nacional de bases libres, en las que no hubiera diferencia partidaria. Su entereza y su activismo jamás desmayaron y siempre tenía una respuesta para cada situación. Con sus editoriales rubricaba su actitud individual. Hombre de vida pública, desarrollaba ésta sin alardes: ni armas ni guardaespaldas.

Al mismo tiempo que construyó la “República de Papel”, como llamó a LA PRENSA, implementó a cabalidad sus principios morales en su obra personal más apreciada, la familia, no escatimando esfuerzos en su educación. A este nivel practicó su proyecto de sociedad humana. Dentro de la sencillez, la libertad y el derecho a disentir, supo transmitir, partiendo de la intimidad hogareña, el amor a la libertad y a la justicia, fundándolo en el respeto al derecho del prójimo. Enemigo de imponer sus verdades por la fuerza, apreció la diversidad de opiniones y la tolerancia mutua entre todos los familiares, inculcando tales hábitos a sus vástagos. Con ese ejemplo cotidiano, unificaba, en una personalidad íntegra, su vida pública y su vida privada. Al sentar principios básicos, los cristalizó en la práctica, demostrando firmeza impertérrita para llegar hasta el final de cada una de sus múltiples jornadas, consciente de su afán supremo por obtener la verdad. Consecuentemente con esto, fue el primero en reconocer sus yerros, cuando los cometió. Ajeno a la soberbia, demostró su grandeza disculpándose y aceptando disculpas, y recurriendo, para hacer más llevaderos tales trances, al humor cordial que conceptuaba como el instrumento más idóneo para la mutua comunicación.

Hombre cuya raíz de sustentación era el hogar, rodeó de cariño y de amor entrañable a su esposa y a sus hijos, por encima de otra circunstancia. A ellos les brindó la amplitud de su corazón; con ella, compartió los momentos más difíciles de aquella vida signada por la lucha, la persecución, las prisiones, las torturas, el exilio y el martirio. Doña Violeta se identificó tanto con el carácter y la misión de su esposo que llegó a revestirse de un coraje envuelto en humildad y asumió como herencia su bandera. Ante esta realidad, un poeta la definió como la “admirable mujer, siempre digna de Pedro”. Y es que éste conceptuaba la herencia como una continuidad espiritual e histórica, antes que un mero legado material. Y, gracias a esta interpretación, que logró encarnar, y al sentido de la tradición de virtudes cívicas y domésticas, su familia significaba para él el presente, el pasado y la proyección del futuro.

Las tensiones impuestas por la lucha diaria afectaban, en algunas oportunidades, su alma. No era extraño verlo, en la intimidad, con el aura dulce de una melancolía temporal, presta a desaparecer ante el nuevo día en el cual su vitalidad y su búsqueda de la verdad, le devolvían, como por explosiones sucesivas, la energía y el buen humor. Sus ímpetus de emoción y andanzas lo enrumbaron por los lagos y mares de Nicaragua, singlándolos como un Quijote navegante. De estas excursiones nacía una mayor incidencia idealista en la vida política del país. 

Su vida cotidiana transcurría con sencillez: se levantaba a las cinco y media de la mañana para practicar tenis; a veces, con algunos de sus hijos o con un amigo; cuando no jugaba, con radio en mano, paseaba por el jardín, en donde cultivaba una parra de uvas. Leía algún diario durante el desayuno, el que a veces interrumpía para ir a tomar notas en su cuarto o en su biblioteca.  A las 7:45 manejando él mismo su automóvil, salía hacia LA PRENSA.

En LA PRENSA presidía el Consejo diario, alternaba con los trabajadores a propósito de cualquier suceso, hacía su rato de humor y luego pasaba a la Dirección para escribir sus editoriales, coordinar las directrices políticas y sostener diversas entrevistas con múltiples personas. Interrumpía el horario de trabajo para ir a su casa a las 12 meridianas, almorzar, descansar un rato o entregarse a la vida familiar y, pasadas las 2 de la tarde, regresaba a LA PRENSA, donde continuaba el mismo ritmo que en las mañanas. Ciertas tardes las dedicaba a hacer un poco de ejercicio y, si iba al cine por las noches, prefería la tanda de las 6:00 PM; sus películas favoritas eran de misterio, guerras y de contenido social. Algunas noches se distraía viendo televisión.

Durante los fines de semana asistía infaltablemente a los mitines programados. Hacía giras por toda Nicaragua para compenetrarse por igual de su paisaje y de sus habitantes, de los recursos naturales y de los problemas sociales; el mismo espíritu lo animaba en sus constantes recorridos por los barrios marginados de Managua.

El 9 de enero estuvo hasta entrada la noche celebrando en familia el cumpleaños de su madre Margarita Cardenal de Chamorro. Al día siguiente se levantó un poco más tarde que de costumbre. Se afeitó, bañó y vistió, urgido por llegar a LA PRENSA. Antes de salir, pasó por su oficina a buscar algo y luego se despidió de su joven nuera diciéndole con mucho cariño: “adiós, doña Martha Lucía”; y se acercó a su nieta Valentina que jugaba en el ring con sus juguetes. Dame un besito, le dijo, y la niña le dio un beso en la mejilla. Como de costumbre, se dirigió hacia el garaje, echó una mirada a la parra que acababa de dar el último racimo de uvas de la cosecha, abrió la puerta, se montó en el Saab sueco, (recién comprado en la navidad, pues antes condujo durante ocho años un escarabajo Volkswagen) y se marchó hacia su trabajo.

Después vino la hora vil de los asesinos, cuyos rostros delatan a la mente monstruosa que los “conchabó” para el sacrificio humano: las ocho y veinte del 10 de enero de 1978, en una esquina entre los escombros de Managua. En su cuerpo martirizado alcanzaron 32 proyectiles a quemarropa, 32 crímenes de la mano que los ordenó. Pero, en un solo estertor agónico, Pedro Joaquín pudo oprimir el acelerador y embestir a uno de los automóviles de sus ejecutores materiales, dejando la huella que contribuyó al descubrimiento de los asesinos. Eran éstos, un sanguinario Huitzilopotli, un megalómano y dos sicópatas, los cuatro con tarjetas de agentes de investigación o Seguridad del régimen. Sus nombres no deben profanar esta semblanza. Después se montó la farsa del proceso, escenificado ad hoc. Fue como un circo y sólo sirvió para deducir el amañamiento y el contubernio de un sistema judicial dócil a la dinastía. El asesino real aún se encubre.

Nicaragua lloró conmocionada y asistió indignada a la vela y al entierro más grande de toda la historia del país. En el propio entierro, la dictadura derramó más sangre. La Patria envejeció ese día, como en el terremoto de 1972. El mundo empezó a acompañarnos con mensajes, denuncias y protestas en la jornada del dolor, de cara a nuestra historia futura. Tras su muerte y sepultura, hubo un Paro Nacional en protesta por el crimen. 

Donde él cayó el pueblo ha levantado ya el Santuario de la Libertad, consagrándolo a la Justicia. La muerte de Pedro Joaquín – dijo un poeta- es el suicidio de Somoza. O con palabras de Pablo Neruda, “SUBE A NACER CONMIGO, HERMANO”.